Cuando el reloj marca
las dos en punto de la madrugada, ella envuelta levemente con una manta baja
sigilosamente la escalera, abre la puerta, lo deja pasar y se fusionan en
apasionados besos, se revuelcan en un tórrido apareamiento salvaje que la deja
exhausta. Él se viste y sale con el sombrero puesto.
Ni un solo día ausente;
nada lo detiene, ni la escarcha del invierno ni la lluvia del estío ni la
tormenta del otoño. Siempre en la misma hora, siempre el mismo ritual, los
mismos encantamientos y las mismas posturas al pie de la escalinata. Ella le
dio su cuerpo virgen y su vientre estéril.
Vivía sólo por él y para él. Sólo ella sabía que aquel ardoroso amante,
sin nombre y sin rostro, le dejaba impregnado sus olores de trasnochado y las
huellas de un sexo desenfrenado.
No se cansó de esperar,
cada noche roza sus manos por aquel reloj de pared cuyo péndulo cuando repica
le pone en tensión por que le habla de la hora del amor.
Nunca dejó de soñar con
él. Desde que perdió la llave de la puerta, la ven vagar por las calles sin
rumbo, ataviado con un ligero camisón gris y con el viejo reloj en sus brazos
y, cuando suenan las dos ella se desnuda y se contorsiona el cuerpo como señal
de entrega a su viejo amor.
El mundo fue
sólo de los dos y para los dos, su hogar unas nubes tendidas al sol,
en sus miradas amor, en sus respuestas sí y para su dolor, un solo fin.
Él se fue, los cabellos pintados de gris, ella dejó de cuidar las flores del jardín y le decía ven, tenemos que vivir.
en sus miradas amor, en sus respuestas sí y para su dolor, un solo fin.
Él se fue, los cabellos pintados de gris, ella dejó de cuidar las flores del jardín y le decía ven, tenemos que vivir.





