Genessis comparte con los que generosamente se asoman a este sencillo portal los momentos de ocio que la vida le regala. Es una miscelánea de cosas simples; pensamientos y poemas, fantasías y pasiones, recuerdos y plegarias, vivencias e impresiones, que se plasma en el reverso de una página compartida con los lectores.
Genessis y sus avatares semejan escenarios de un alegórico estreno de un destino que va usurpando la vida en un tiempo prestado.


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lunes, 20 de agosto de 2012

El viejo reloj


Cuando el reloj marca las dos en punto de la madrugada, ella envuelta levemente con una manta baja sigilosamente la escalera, abre la puerta, lo deja pasar y se fusionan en apasionados besos, se revuelcan en un tórrido apareamiento salvaje que la deja exhausta. Él se viste y sale con el sombrero puesto.
Ni un solo día ausente; nada lo detiene, ni la escarcha del invierno ni la lluvia del estío ni la tormenta del otoño. Siempre en la misma hora, siempre el mismo ritual, los mismos encantamientos y las mismas posturas al pie de la escalinata. Ella le dio su cuerpo virgen y su vientre estéril.  Vivía sólo por él y para él. Sólo ella sabía que aquel ardoroso amante, sin nombre y sin rostro, le dejaba impregnado sus olores de trasnochado y las huellas de un sexo desenfrenado.
Se sumaron los años y su cuerpo fláccido él dejó de acariciar y dejó de venir.
No se cansó de esperar, cada noche roza sus manos por aquel reloj de pared cuyo péndulo cuando repica le pone en tensión por que le habla de la hora del amor.

Nunca dejó de soñar con él. Desde que perdió la llave de la puerta, la ven vagar por las calles sin rumbo, ataviado con un ligero camisón gris y con el viejo reloj en sus brazos y, cuando suenan las dos ella se desnuda y se contorsiona el cuerpo como señal de entrega a su viejo amor.

El mundo fue sólo de los dos y para los dos, su hogar unas nubes tendidas al sol,
en sus miradas amor, en sus respuestas sí y para su dolor, un solo fin.
Él se fue, los cabellos pintados de gris, ella dejó de cuidar las flores del jardín y le decía ven, tenemos que vivir.


 

viernes, 17 de agosto de 2012

La estatua


Él dice que tiene siete novias. Nadie le cree, sólo su madre lo secunda ciegamente y él vive por ellas.
De día trabaja en una hostería y cuida el jardín de la casa. Cada noche al concluir la tarea se pone la mejor ropa, se echa perfumes en el cuello y sale a encontrarse con su novia en la plaza de la ciudad.
Los lunes se encuentra con Lucía, los martes con Marité, los miércoles con Mercedes, los jueves con Jovanna, los viernes con Berta, los sábados con Sabrina y los domingos con Dominique. Con cada una tiene una historia diferente. Dice que ama a todas por igual, pero con Dominique tiene algo especial. Pasa el día con ella. Ella le trae caramelos, copos de helados y un pañuelo de colores que le había traído de París que siempre ata al cuello como señal de alianza con ella.
Su madre cansada de las habladurías de vecinos y amigas, -porque su único hijo es un demente-, le dicen, una noche siguió sus pasos y lo espió sigilosamente.
Se ocultó el rostro de vergüenza y tomó presurosa y decidida la calle que va al río.
Sebastián, en la penumbra de un farol titilante de la Plaza besa apasionadamente la estatua de mármol de una mujer desconocida.

jueves, 9 de agosto de 2012

Venganza

Nacimos el mismo día pero de úteros diferentes. Desde el aciago momento en que dejamos la beatífica cuna de la placenta de nuestras madres fuimos marcadas por la naturaleza del dios vengativo, incrustando en nosotras las alas del mal genio entorpeciendo nuestros inocentes destinos.
Mi padre, a toda costa quiso impedir que nos conociéramos porque desde que supo que existía la maldijo, pero el destino se encargó de unirnos.

El primer contacto tuvimos cuando la madre de ella se instaló en un apartamento vecino al de mi familia. La pesadilla comenzó cuando cumplimos un año. La fiesta que organizó mi madre ella la estropeó con su llanto y sus rabietas que despertó el miedo de los otros niños y enervó la paciencia de los grandes. Mi madre sentía hacia ella una antipatía tal aunque siempre trató de disimular. Aquel día de fiesta coronó con una hazaña similar a la de la Bruja más malvada, rociando con un chorro de vómito la cándida torta, en el momento justo de soplar la velita y la cámara de mi padre inmortalizando la escena.

Era una chiquilla quejosa que se entrometía en todo, quiso ganarse el cariño de mi padre, ante el cual yo me oponía y él con su manifiesta predilección hacia mí la ignoró hasta el desprecio; entonces todo lo que yo tenía la fastidiaba a rabiar.

Éramos alfa y omega. Blanco y negro.

Desde que empezamos el kínder una alevosa relación se apoderó de nosotras hasta en las hazañas infantiles más inverosímiles. Si yo hacía de una flor, ella era la abeja que me fustigaba, si hacía de cordero, ella de lobo, si era la princesa, ella la reina…. Así en todo mostraba conmigo un comportamiento avasallador, prepotente y enfermizo. En un concurso de dibujo se apoderó de mi trabajo y se llevó el premio, mientras yo retorné a casa con lágrimas en las manos y una maldición en la boca. Un día, me empujó a propósito y casi acabó conmigo haciéndome rodar por la escalera.

Se ensañó conmigo y me envolvió como una sombra maléfica y su presencia, detestable y odiosa, me perseguía en todo tiempo.

Mis dos novios de adolescente me las quitó ella, no sin protagonizar escenas histéricas y hasta acusaciones insensatas. Busqué la forma de ignorarla con mi indiferencia, pero logré poco o nada. Cuando concluí la secundaria dejé mi casa y el día que empecé la universidad, la encontré esperándome en la escalinata.

Conocí a Rob y ella le arrebató de mis brazos a fuerza de artimañas seductoras dominando la voluntad de aquel por medio de artes supersticiosas. Le conquistó hasta llevarlo al altar. Entonces tomé la decisión de eliminarla de mi vida. La noche de su enlace con Rob hice que bebiera de más y antes de partir para la luna de miel tuvo una repentina convulsión que la dejó desfigurada.
Por fin, a los 21 años me sentí liberada y feliz. Era yo misma y podía disfrutar de mi destino.

A los diez meses Rob regresó conmigo y nos casamos. La noche de mi boda nos encontramos cara a cara y en la oscuridad me envolvió y se vengó de mí por enésima vez.

Caí desvanecida y mi rostro se transformó en la maldita cara de la bruja, hija de mi padre.