Genessis comparte con los que generosamente se asoman a este sencillo portal los momentos de ocio que la vida le regala. Es una miscelánea de cosas simples; pensamientos y poemas, fantasías y pasiones, recuerdos y plegarias, vivencias e impresiones, que se plasma en el reverso de una página compartida con los lectores. Genessis y sus avatares semejan escenarios de un alegórico estreno de un destino que va usurpando la vida en un tiempo prestado.
Sus
deseos femeninos se vieron colmados por el atento hombre. Su fantasía fue
correspondida sin grandes explicaciones ni razonamientos. Se sintió halagada, y
por fin, podía soñar en voz alta. Sentirse enamorada y ser correspondida era lo
mejor que podía pasarle. Tony es una persona dulce, gentil y comprensiva.
Él
utilizó su arma de buen seductor y sin esfuerzo logró que ella sintiera
atracción por él. La fascinación se creó espontáneamente, casi inconsciente. Él
muy hábil supo provocar que suceda, todo lo que hizo fue favorecer el proceso.
Así, Emma, poco a poco fue regalando su alma y tomando la vida de aquel hombre
empezó a vivir una aventura inusitada. El amor que sentía por Donald se iba
extinguiendo cada día cuando empezaba su labor cotidiana en la oficina. Emma
sobrelleva la agonía de su matrimonio con Donald, èl simplemente resultó ser el
mejor trofeo en su vida.
Es
difícil encontrar a alguien a quien darle el corazón en secreto. Emma sabía que
la mayoría no entendería nunca su forma de amar y que la realidad fuera de ella
es bien diferente, pero prefiere habitar esa burbuja y no salir nunca de esa
tibia atmósfera que le daba la etérea relación que mantenía con Tony, a veces,
hasta la llenaba de un confort místico.
Emma estaba potencialmente nueva para ser
seducida por Tony, y los dos estaban compenetrados de seguir el partido
iniciado. Ella no era una mujer tan fácil, pero Tony acertó la arista
vulnerable; despertó en ella la fantasía, el erotismo y la pasión por el sexo. Sin
embargo, Emma encontró en él razones más profundas, se sintió atraída y en él
alimentó sus ilusiones. Lo que encendió su interés por él es su fuerte personalidad
y especialmente aquellas cualidades típicamente masculinas; como el poder, la fuerza, la seguridad, la
decisión, una dosis de
inteligencia interesante, el sentido de la aventura y del buen humor y el
carisma de liderar una relación.
La única foto que conocía de
Tony es la de su perfil; no es tan alto de estatura,
distinguido en su porte físico, de rostro afable, sus cabellos levemente
encrespados y claros deja una frente despejada y amplia y sus ojos verdosos traslucen
una serena expresión en la mirada.
Emma dejó ordenada la oficina, mañana será
otra larga jornada de trabajo. Se arregló delicadamente el cabello y el rostro
y apresuró sus pasos hacia el garage. Hoy será la primera cita y le embarga un frenesí
insospechado.
Al poner en marcha el coche una fuerza invisible
la detuvo y comprendió que no tenía destino. Aquella cautivadora historia de
amor con Tony quedó extinguida cuando presionó el botón Esc de su notebook.
Tenía catorce
años cuando creí que había comprendido todos los misterios de la vida adulta.
Un día menos pensado cuando jugaba aún entre ser niña y mujer, un espécimen muy
macho declarándome su amor me dijo secretamente: ¿acaso un hombre casado no puede enamorarse de nuevo? Si me das tu amor
iremos lejos y seremos muy felices. La prueba de amor lo guardarás como un
secreto entre tú y yo; mañana a las nueve nos encontramos en la estación del
tren que va a Buenos Aires.
Creía estar
enamorada y mi cuerpo me urgía dejar las cosas de niña; la inocencia, la
virginidad y los primeros ardores de la pasión eran perfectamente compatibles
para mí. No había consejero más sabio que escuchar el palpitar del corazón que
te llena de ilusiones el alma. Quise crecer a mi manera y guardando íntimamente
mi secreto pasé una de las peores noches de mi vida. A la mañana cuando me
desperté, reuní fuerzas y puse un par de ropas en la mochila y salí corriendo
hacia la Estación.
Cuando cerré el
portón de mi casa miré sigilosamente a ambos lados y el chusma de mi vecino Don
Felipe, me dice: ¿a dónde vas nena con esa cara de ovejita espantada?El miedo que teñía de palidez cada centímetro
de mi piel me hizo delatar.“Voy a Buenos
Aires”, le dije con una voz temblorosa.
Estaba sentada en
el tren y ensimismada miraba mi pequeño reloj sintiendo la agonía del
desconcierto. La espera se hizo tediosa y sólo deseaba que la mano poderosa de
Dios me detuviera. Cerré mis ojos y abracé fuerte mi mochila como el único
bagaje de mi destino hacia el abismo. El silbido del tren me sobresaltó, alcé
los ojos y me vi acorralada como una oveja ante sus esquiladores; mi madre, mi
padre y un policía colocando las esposas a Donald.
–¿A dónde vas? –Tengo una cita. –¿Con quién? –Con Massimo. –¿Y quién es Massimo? –Un chico. –¿Qué edad tiene? –23 años. –¿Una entrevista de trabajo? –No, una cita para conocernos. –Con un chico de 23!!! –¿Qué hay de malo? –¿Y de qué hablarán? –De lo que sea, supongo que es un chico listo. –Y supongo beberán algo… –Lo que sea, una copa, un café… –¿Cómo se citaron? –Por Facebook, dónde más? –Qué más sabe de ti; le dijiste tu edad, que
estás casada… –Claro, conmigo no hay secretos, y tú lo sabes. –¿Lo viste por la webcam? –No. –¿Y él a ti? –No, sólo le gusta mi voz. –¿Hablaron por teléfono? –No, por el mic. –Qué te ha dicho. –Que tengo una voz encantadora, fascinante y
sensual… –Vaya, vaya, muy despierto el crío!! –¿Estás celoso? Si quieres seguirme…Vía Vitelleschi 34, Ristorante“Les Etoiles”. –Noo, yo también tengo una cita. –¿Con quién? –Alessandra. –¿Y no ibas a decirme nada? –Tú tampoco… Ahh, Amor, el coche ya lo tienes
fuera del garaje. –Gracias, qué gentil estás! –Que te vaya bien. –A ti también. –Gracias.
Legué al restaurante con mi mejor atuendo
juvenil, quería impresionar a Massimo, elegí una mesa bien visible y me puse
cómoda. Saqué mi móvil y repasé las charlas que había tenido con él. Me dijo
que sería puntual… Me reconocerá, sin dudas, estoy sola, pensé…
Cuando empezaba a incomodarme pensando quién
es esa Alessandra, apareció Donald y poniéndome las llaves del coche en la mano
me dijo: ten más cuidado, no pierdas tan pronto la cabeza…
Hizo ademán de retirarse enseguida y lo detuve.
–Quédate conmigo. –No quiero entorpecer tu momento. –No estás con Alessandra ni yo con Massimo… Es
nuestro momento.
Pedimos un café y disfrutamos el tiempo improvisado…Al
poco rato llegó un camarero con un bouquet de rosas rojas y una tarjeta: “Para
la mujer de mi vida, la de la voz más encantadora, fascinante y sensual que me
ha regalado la vida”. La sorpresa no me dejó reaccionar ni disfrutar, sólo
atiné a pensar: “pobre chico, qué frustración, me habrá visto con este
cretino…”
Al dirigirnos a la salida, Donald tomó otra
puerta. Se me acercó un apuesto joven con un ramo de flores y me dijo: “Señora…,
la esperé una hora, no la vi entrar…”
Él venía ocultándome cosas.
Sospeché que hablaba solo o pensaba en voz alta, pero al descubrirlo me sentí
avergonzada espiándole sin razones. Le escuché hablarle sigilosamente al gato,
un curl americano.
Me entusiasmó ver los mimos que le prodigaba y el monólogo
que entretejía escudriñando sus miradas fijas y deslumbrantes. Me apañé detrás
del cortinado y me imaginé una secuencia de dibujos animados entre él y el
pobre felino escurridizo.
Él con su realismo sarcástico apabullándole con
tantas preguntas y el cantarín zalamero ideando, con lenguaje humano, su
consabido historial doméstico, solitario y casto.
Su madre la sobreprotegía mucho, sabía muy bien que
había nacido con serios problemas congénitos. Se siente culpable porque en el
tiempo de la concepción de su única hija tomaba una serie de pastillas abortivas.
Su esposo no quería descendencia con ella; así mitigada su desgracia, y los
malos tratos que recibía de él ya presagiaban una inminente separación.
Analuz nunca
dejó de ser una niña, nació con un retraso mental, al parecer leve, que le
provocaba problemas adaptativos. Asistió a escuelas especiales,pero no tenía la constancia para alcanzar un
nivel más óptimo, sin embargo, sobresalió en la pintura. Era una artista con
los pinceles en las manos, talento que la hizo encumbrar por encima de muchos.
Ana, menudita de cuerpo, cabellos dorados y ojos risueños,
introvertida y dulce de carácter, jugaba como una niña y poco tiempo le duraba
la sensatez de ser ella misma. Quería ser mujer pero su déficit hormonal no le
permitía. No tenía ovarios y su útero
era apenas un esbozo de una mucosa atrofiada. A los dieciséis años sus pechos
no daban indicio de florecimiento, pero ella se ingenió muy bien para parecer
que lo tenía. Cada mes, puntualmente, se “sentía enferma”, no iba a la escuela
para que todos se enteraran que ella es una chica con ciclos normales.
Josefina, su madre, quería evitar cualquier riesgo
que la hiciera sentir mal. Buscó la forma de ayudarla, más bien urgida por
sacarse de encima ese sentimiento de culpa que la oprimía. Recurrió a profesionales
que le hicieron sesiones de ayuda en su desarrollo psicomotriz que poco o nada
cambió, hasta que el doctor Zardelli, un psiquiatra, pareciera que obró con
ella un milagro.
El doctor Zardelli, un joven profesional competente
y respetado en el ambiente, graduado en la universidad de Oxford. Una
complexión atlética generosa le daba una buena presencia, su sencillez, su
amplia sonrisa permanente y su cordialidad hicieron de él una persona muy
querida. La buena posición económica familiar le permitió cobrar honorarios
bajos y así alcanzó fama antes que otros colegas.
Cada semana Josefina dejaba a Ana en la puerta del
consultorio. Ana era una paciente muy especial; desde el primer momento cautivó
al Doctor con su dulzura y su sonrisa inocente. La llevó a la terapia de la
palabra; de contar lo que veía, lo que hacía, lo que le gustaba, lo que rechazaba,
lo que pensaba, lo que sentía, lo que deseaba... Era el tiempo donde afloraba
todo el inconsciente y le permitió manifestarse con total libertad y, por lo
tanto, paulatinamente, aparecían los sentimientos y los deseos más íntimos. Era
también el tiempo de expresar las figuras de la sexualidad; sus
características, sus posibilidades, sus límites, sus finalidades y sus goces. Esos
discursos se desplegaban de los más simples a los más complejos.
Era una técnica y un incentivo que la ayudaba a producir
y a reflotar sus posibilidades desde la singularidad de su carga genética como persona.
Fueron sesiones muy bien elaboradas que condujeron a Ana a lograr un mínimo
acuerdo interno, constante, y así pudo pensar, sentir, decidir y obrar por sí
misma. Los logros obtenidos dejaba suficientemente satisfecho al doctor
Zardelli.
Las sesiones le transportaba a Ana en el mundo real en
la que ella está ausente; en ese mundo “irreal” era ella sin ese cuerpo y sin
esa mente que la limita y que no la deja pensar y soñar como una joven
cualquiera.
El Doctor iba creando en ella las expresiones de la
sensualidad acorde a su edad cronológica, fue naciendo y creciendo su sexualidad
acompañada de un atisbo de erotismo sano. Por primera vez sintió que su cuerpo vibraba
de una forma diferente y podía sentir cariño hacia alguien que no fuera su
madre. El Doctor la orientó a abrirse, a palpar y a gustar de sus emociones, de
sus sentimientos, de su instinto y del amor; ella comprendió que podía amar a
un chico de su edad pero no quiso.
El doctor Zardelli llevó tres años con ella una
terapia impecable, pero llegó un momento en que cayó en las redes de Cupido y se
dejó atrapar por los encantos de Ana que se estaba despertando a los primeros
ardores de la pubertad y la libido que empezaba a florecer en sus entrañas.
Ana se hizo dependiente de las palabras del doctor.
Era su todo. Con él tenía la sensación de estar flotando sobre un apacible campo
de flores. Sintió hacia él un cariño que
anuló totalmente cualquier otra manifestación de afecto. Cada vez que pensaba
en él un fuerte espasmo sentía en el vientre y se cruzaba las piernas apretando
su sexo. Era el grito de su cuerpo que se despertaba ante la pulsión del
instinto que fue descubriendo e interpretando de a poco con las palabras
reveladoras del médico en las repetidas sesiones.
Un día al despedirse, Ana le estampó un beso en la
mejilla, cosa que jamás había hecho con nadie. El doctorZardelli vio que Ana dio un salto, - de niña
a mujer-, la tomó de su brazo y la atrajo a sí, sin resistencia, la miró de
cerca y bebió de sus ojos crispados y cautivantes licores de deseos; acercó
suavemente sus labios a los de ella y ahí quedaron unos segundos que parecían eternos.
Ella se convirtió en una libélula y a partir de entonces no tuvo otro
pensamiento ni otro querer que no sea él. Se había enamorado de su doctor.
Ana acaba de cumplir 19 años y la única persona con
quien podía estar hablando todo el día es Santiago, “su Doctor”. Había hecho de
su vida una simbiosis perfecta y excluyente, sin él no era nadie, apenas una
niña de once años, con él era una chica enamorada.
Cada sesión, quizás la más curativa y más bella era
el final cuando se daban efusivosbesos
en la boca. Una tarde ella sabía que será diferente, estaba preparada, ella lo
propuso, lo habían acordado, ella quería, quería sentirse mujer…. Amó y fue
feliz.
Cuando cerró la puerta del consultorio y se dirigió
a la calle una amplia sonrisa floreció en sus labios; allí adentro dejó su alma
de niña y su cuerpo virgen entre los archivos secretos del Doctor.
ABBA fue un grupo sueco
de música pop que ganó popularidad internacional con melodías pegadizas, letras
simples y voces femeninas cautivantes en las décadas del 70 y 80. A mí me
sigue gustando…
Chiquitita dime por qué tu dolor hoy te
encadena
en tus ojos hay una sombra de gran pena,
no quisiera verte así aunque quieras disimularlo…
Mario, Luis, Héctor y José, de nueve, diez, once y doce años
respectivamente fueron a jugar a la pelota con Ismael en el patio del frente.
Improvisaron una cancha justo donde el pasto con la lluvia del verano hacía una
bella alfombra verde. Crearon un equipo de dos y dos y el portero, Ismael de
apenas seis años, que tenía que correr y lanzarse a ambos extremos tratando de
alcanzar el balón que los otros arremetían contra su arco con toda furia.
Sudorosos y cansados hicieron un breve receso y se sentaron en el
césped, mientras Ismael fue a buscar agua fresca en la casa.En ese ínterin Luis vio que algo se movía en
zig zag por debajo muy cerca de ellos; miraron sigilosamente y vieron que una
culebra o algo parecido, negro y diminuto, iba cruzando la cancha. Al unísono decidieron
que era el momento de ejecutar una hazaña nunca hecho antes para contárselos después
a sus padres. Se armaron de piedras y palos y golpearon al intruso visitante.
Lo dejaron “muerto” y lo escondieron. Los cuatro combinaron hacer una broma a
Ismael, dejando la pelota muy cerca del animal. No imaginaron que el pequeño
reptil estaba sólo mal herido y aún dispuesto a inyectar su mortífero veneno.
Ismael sintió que pisó
algo blanduzco y un pinchazo en el pie. El pobre niño saltó cuando vio que algo
negro se metía entre sus dedos y con el susto perdió apoyo y cayó sobre la
serpiente moribunda que le dio otro ataque certero.
El niño envuelto en pánico,
llorando echó a correr desesperadamente hacia la casa donde estaba su madre.
Angélica, sobresaltada por el grito de su hijo salió y lo recibió en sus brazos
pensando que el balón de cuero le había golpeado la cabeza, razón por la que no
quería que saliera a jugar con los niños más grandes que él. Lo llenó de besos,
lo sentó en un sillón y le dijo: -hoy ya no saldrás a jugar con ellos.
Ismael temblaba de
espanto, veía aún bajo sus piesaquella pequeña
bestia enroscada. No podía pronunciar palabra alguna, estaba aterrorizado.
Echaba una mirada a sus pies descalzos buscando deshacerse de aquel pinchazo. Un
dolor agudo nacía de los dedos del pie izquierdo, dolor que comenzó a invadir
todo el pie.
Angélica, una madre
joven e inexperta en criar niños, no sabía qué hacer…corrió a la casa del
vecino contando su pena. Don Gabriel más listo en crianzas decidió; puso en
marcha la vieja camioneta Nissan y se dirigieron velozmente por aquel camino de
terraplén unos 30 kilómetroshasta
llegar al hospital. El camino de tierra para salir de la granja se hizo más
largo que nunca.Angélica miraba a su
hijo inocente y tembloroso y empezó a odiar el juego de la pelota y a los hijos
de sus vecinos.
Ismael sentía que el
dolor aumentaba en el pie, una sensación de entumecimiento le invadió, y movía la
pierna ya con dificultad; una extraña sed
le devoraba y un fuego le quemaba la garganta. Durante un instante contempló a
su madre y sólo alcanzó a decirle: - no veo nada mamá, no veo nada….. Quedó
extenuado y lívido.
En el hospital los
médicos, al examinarlo,vieron dos
puntitos violeta que casi explotaba por
la monstruosa hinchazón del pie. La piel iba tomando un color morado y parecía
adelgazarse de lo tensa que estaba. El diagnostico del médico fue escueto: - el
niño ha tenido una mordedura de víbora, haremos todo lo posible…
Angélica con voz
quebrada y llorosa suplicaba: -tienen que salvar a mi niño, tienen que
salvarlo!
Las medicaciones no
pudieron contrarrestar la invasión acelerada del veneno en el cuerpo del
pequeño que ya empezó a marcar unas manchas moradas que subía de las piernas al
vientre y el pecho. Los dolores espasmódicos se sucedían y la atroz sequedad de
la garganta parecía aumentar. La fuerza del vómito le producía más dolor en el
cuerpecito y aún así pretendía incorporarse asiéndose de la mano de su madre. Ella le miraba exhausta sin poder creer lo que
acontecía.
La respiración se
convirtió en un estertor cada vez más angustiante! En menos de tres horas
Ismael cesó de respirar.
El sol ya se había ocultado
afuera, los cuatro niños muy callados se fueron a sus respectivas casas. Antes
habían sepultado muy bien el cuerpo del delito y se aseguraron de dejarlo bien
muerto. Nunca dijeron nada; era un secreto y toda la vida evitaron jugar al
fútbol en aquel patio baldío.
Pasaron 20 años de
aquel triste episodio y sólo ellos sabían que aquella broma de mal gusto acabó
con la vida de un prometedor portero de fútbol.
Cada
tarde se subía en el mismo colectivo a las cinco puntualmente. A veces faltaban
pasajeros, pero nosotras estábamos firmes ocupando dos asientos diferentes. La
Línea 38 era el sitio de una cita diaria y perfecta para el anonimato. Ni la
lluvia, ni el frío ni el calor de casi todo el año nos impedía tomar el mismo
bus. Yo descendía frente al Hotel Guaraní para proseguir hasta la Universidad
Católica y ella seguía no sé hasta dónde.
Fueron
años en que nos veíamos la cara diariamente; ella no sabía nada de mí ni yo de
ella. Apenas cruzábamos algunas miradas y saludos de cortesía. Podríamos haber
cultivado una amistad, pero nos faltó coraje para romper la barra de hielo que
nos distanciaba.
Cuando
ella subía al ómnibus su rico perfume Chanel
se expandía. Era una mujer especial, su porte traslucía una clase social
cultivada, bien parecida y elegante, y no sobrepasaba los treinta años. Cada
día su largo cabello rizado color azabache tenía distintos arreglos; a veces lo
llevaba recogido con un enorme moño que combinaba con el color de su ropa o
simplemente olía a shampoo de manzanas recién usado. Su piel fresca y tersa
denotaba pulcritud. Sus ojos verdosos, cejas bien delineadas, labios carnosos
que cambiaban de colores, resaltaban su rostro. Sus manos largas y finas
remataban con unas uñas pintadas con colores vivos y brillantes. Vestía ropas
ceñidas al cuerpo y a veces faldas muy cortas que hacían sobresalir sus largas
piernas morenas y sus caderas angulosas. Carteras de charol de diversos colores
y tamaños realzaban su atuendo diario y unos lentes de sol simulaban un adorno
más en la cara.
Pagaba
su boleto y luego se recluía en un asiento cualquiera. Su postura rígida hacía
de ella una efigie de diosa helénica sentada estoicamente; nada la sacaba de su
mutismo y nunca se dibujó en sus labios una leve sonrisa. Iba abstraída,
inmutable y triste. Parecía cargar en sus hombros el peso del día o, tal vez,
el peso de la noche que la esperaba. Sólo ella sabía el sinsabor o el
placer de su secreto.
Mi
sigilosa observación sobre ella era simple y drástica a la vez: no era feliz.
¿A
dónde iba cada tarde?, me preguntaba y divagaba en mi ingenua especulación sobre
la vida de esta extraña dama. Me inventaba cien preguntas tratando de encajarla
en uno de esos oficios comunes; ¿enfermera?, ¿oficinista?, ¿escribana?, ¿abogada?,
¿masajista?, ¿camarera de hotel?, ¿mesera en algún restaurante?, ¿ama de casa?,
¿estudiante?, ¿casada?, ¿madre soltera?... Tanta incógnita no tenía nada que
ver con el trabajo que iba a cumplir cada noche a 40 kilómetros de su casa.
Una
tarde cualquiera, caminando por una de las antiguas calles de Asunción, cuando
el sol ya estaba ocultándose, pasé frente a una llamativa puerta, desde donde se
reflejaba unas luces rojas; allí estaba la misteriosa mujer. Era ella,
presumida y exuberante. Disimulé mi mirada y ella hizo lo mismo, esquivándome.
Ya
no había nada que ocultar. Estaba esperando los clientes de la noche.
A
ti,
que tienes algo que decir
y estás callada.
A ti,
que te negaron el amor
y estás cansada.
A ti,
que empiezas a vivir.
Y a ti,
que no te queda nada.
Era una mañana distinta. La rutina quedó
en la oficina. Dentro del imponente Palacio de Justicia, en un ascensor, el
cuerpo apretujado por los cuatro costados, oliendo a cigarrillo y perfume CALVIN KLEIN llegué al quinto piso.
Se
explayó ante mis ojos un amplio pasillo de color gris claro, un cielorraso no
muy alto, estropeado en algunas aristas por manchas de humedad que semejaban
fantasmas vigilando a los transeúntes desde el techo. El piso reluciente como
una fuente de agua se pierde en ambos extremos bifurcándose.
La vida de la calle se extingue allí
dentro y el paso del tiempo es un desasosiego. Me senté en una butaca frente a
la Sala de Audiencias. El pasillo es un gran túnel rectangular, cuyos extremos
parecen bocas abiertas que dejan fluir decenas de cuerpos que caminan en ambos
sentidos; es un tragar y expulsar continuo de gente y en minutos las decenas se
convierten en centenas.
La masa anónima va movida por la energía forzosa del
vaivén de los cuerpos y los pasos acelerados.
La “cita
puntual” del Juez se hizo esperar. La demora se volvió tediosa. La
impaciencia comenzó a instalarse en mi cuerpo inquieto. Me sentí un ser extraño
mirado por los transeúntes. Para apaciguar mi impulso neurasténico me alié a mi
instinto holgazán y me regodeé ociosamente de los minutos regalados. Entonces
observé sigilosamente ese mar de gente que fluía ante mí; una procesión, de
norte a sur y de sur a norte aparece y desaparece como las olas se diluyen en
la playa. Veo el entrecruzar de piernas y el bamboleo de los brazos que denota,
según la psicología, un cierto tipo de personalidad. Unos me miran de reojo al
pasar, otros me sonríen y saludan, los demás, abstraídos y presurosos se
pierden en el anonimato de la multitud. Algunos pasan una y otra vez, parecen
desquiciados o confundidos en el laberinto de los pasillos internos del Palacio.
Ante mis ojos casi vencidos por el sueño,
hombres y mujeres pasan como árboles que se desdibujan desde la ventanilla de
un veloz tren; todos entre veinte y sesenta años. No existe ningún cartel
prohibitivo, sin embargo, no es lugar de niños y ancianos. Algunas mujeres, de
cuerpo estilizado y cabellos teñidos, caminan como si estuvieran en una
pasarela; sobresalen con el toc toc de los tacos altos agrediendo los tímpanos.
Otras, vestidas con la clásica chaqueta azul van cargando voluminosas carpetas
de prontuarios, delatando así su oficio de secretaria. Los hombres llevan
maletines negros, relojes de pulsera brillantes, anillos en el dedo anular,
zapatos bien lustrados y teléfonos celulares. En el murmullo se percibe el
lenguaje propio del empleo jurídico que suena parecido a la lectura de una enciclopedia.
Es el lugar de los trajes elegantes en
plena mañana de verano. Una gama de colores señoriales; grises, negros,
marrones y azules combina con refinadas corbatas multicolores. El tamaño se
ajusta al cuerpo; robusto, flaco, obeso, petiso o alto. Las mil caras parecen
caricaturas en serie entre las generaciones de Cristóbal Colón y George Clooney. Algunos rostros redondos, ovalados o angulosos se
ven adornados con una barba cerrada, ojos vivaces y espesas cejas negras. En otros
sólo el cabello y la frente dejan ver que son morenos, rubios o blancos, porque
los lentes de sol simulan un adorno en la cara. En la mayoría el semblante serio
es el emblema común; parecen preocupados como si todos los casos ya estuvieran
perdidos…
Nadie sonríe ni se detiene. El tiempo
apremia. El pasillo es tránsito. La vida sigue en otra esfera, en otro piso; en
alguna sala frente a los jueces, abogados y fiscales. Allí los casos se
pierden, se ganan o se compran. La consigna es la paciencia y la esperanza en
la justicia de los hombres.
Al cabo de dos horas se abre una puerta.
Un señor de traje elegante me pasa la mano cortésmente y empieza la sesión
caratulada “Expediente GMMO y CVSF”.
Un cittadino nato. Él no se cataloga bajo ningún signo zodiacal porque cree que el espíritu
de los dioses le regaló una personalidad ecléctica, sin embargo, se inclina
bastante a ser un acuariano independiente e intelectual. Se mueve fácilmente
entre un genio fuerte y atractivo y conjuga muy bien la sensibilidad, la paciencia, la frivolidad y el buen
humor.
A veces es algo
tímido, distraído y detallista,pero siempre
muy honesto y sincero. Su porte filantrópico imprime en él la facilidad para
trabajar en cualquier campo técnico. Sabe luchar por las causas buenas, sueña y
planifica un futuro feliz para los demás, aprende del pasado y a toda costa busca
hacer algo constructivo. Su pasión por
el saber munido de la imaginación y la lógica le llevan a ser un excelente
líder. Últimamente se dedica a realizar actividades culturales y sociales como
talleres de escritura para amateur.
Le gustan
las expresiones artísticas en particular, la música y el cine, amén de la
literatura. Se define como un hijo afortunado de la globalización y un
consumidor empedernido de la vorágine que crea la sociedad actual; libre, light
e impredecible. Salió voluntariamente de la razón y descubrió una rara
sensibilidad volcada en escribir.
imagen de la red
De joven
vivió con la familia de su madre entre Buenos Aires, Montevideo y Sao Paulo. A
cambio del servicio militar obligatorio optó por un trabajo social alternativo en
la República de Zambia, con los Misioneros Oblatos de María. Luego de esa
experiencia que le hizo crecer a saltos trabajó como camarero a bordo de un
barco que hacía cruceros en el Mediterráneo. Cansado de esa servidumbre de lujo
regresó a su ciudad de adopción y se graduó en la Universidad Nacional de Buenos
Aires y un postgrado en Oxford. Consiguió trabajo de alto rango y fijó moradas
temporales en New York, París, Londres, Mónaco, Bruselas, Roma, Estambul y El
Cairo. Se convirtió en un cosmopolita inexorable, buscado y admirado en las
esferas nocturnas de la jet-set y se
siente muy a gusto y en casa hablando el español, portugués, francés, italiano
e inglés.
Además
de la literatura, uno de sus hobbies preferidos es preparar comida italiana,
como hacía su abuela. Su vocación de chef lo tiene arrinconado al igual que sus
varios diplomas que lo acredita como hombre de Leyes jurídicas.
Nunca amanece de mal humor. Es simpático y original en su proceder. Sabe
reírse de sí mismo y la vida no le aprieta por ningún lado. Se siente cómodo y
feliz en su lujosa casa de soltero envidiable. Cada
mañana se mira al espejo y se dice jocosamente: ¡qué desperdicio de hombre!
imagen de la red
Lee el
diario que sale a recoger cada mañana del buzón de su casa y toma café con
leche recién preparado. Le gusta estar vestido elegantemente. Si tiene que
salir, se prepara una hoja de ruta detallada. Ya en la calle comprueba que la
hoja olvidó en casa, al igual que los lentes de sol, el registro de conductor y
el celular. Todo quedó en el pantalón que se había cambiado. Por la tarde va al
Club y juega al tenis con su amigo, un senador de la Nación.
Le gusta ir a ver
boxeo, carreras de autos, torneos de tenis, fútbol y desfiles de modas
femeninas. Pero lo que más frecuenta son los cines y un Café literario, donde
lee y escribe.
No tiene
mujer ni hijos, solo un range lover sport azul y una mascota, de la familia
Border collie, sus dos amores privilegiados.
De
estatura un metro con 82 centímetros, delgado, cabello gris, ojos verdes, usa
lentes y barba tipo candado. No cree saber mucho de sus cualidades, pero está
dispuesto a descubrirlas con alguien que le cope la idea y le atrape el corazón
por asalto.
Busca
una relación de amistad para compartir y crecer. Quiere descubrir a otras
personas, más o menos de su misma edad, para reflejarse en ellas y conocerse
mejor, aunque prefiere la diversidad para valorar lo que cada uno tiene.
foto tomada de la red
Hoy está
decidido que merece la pena amar a alguien para siempre, se convertirá en amigo
o amante o marido dispuesto a sacrificar todo.
Busca una mujer que esté
preparada a desterrar el gen machista para que los hombres mejoren su cultura y
su relacionamiento con ellas.
Jura que será fiel por el resto de su vida y no
dará cabida a la desilusión emocional porque no exigirá más que la
proporcionalidad y cerrará para siempre las puertas de los posibles arrebatos
de furia.
Amará a la dama de sus sueños y la hará disfrutar y la admirará por
lo que es y por sus logros personales.
Espera
que alguien lo contacte.
Ese hombre soy yo, ese loco enamorado de tu amor, el que necesitas para dar el corazón.
Ese hombre soy yo, el hombre de tu vida, el que jamás se olvida...soy yo.
Al
cabo de dos meses Amalia sospechó algo y enseguida quedó confirmada. No se
asustó. Sintió una gran ilusión ante la certeza de ser madre, aunque nunca lo
había planeado. Como psicóloga, su mayor dilema era traer un hijo al mundo con
un padre advenedizo. Decidió buscar a Alcides, pero nadie dio noticias de él.
Entonces,
resueltamente optó, y sin grandes explicaciones, dejó su vida citadina y fue a
vivir en el mismo pueblo donde había nacido. Anita nació el 10 de abril. –Sus
enormes ojos verdes eran de su madre; su boca, nariz y cabellos de su padre.
Esos rasgos Amalia no podía esconderlos–.
Amalia
adoraba a su hija, pero, íntimamente había resuelto que Anita sabría quién es
su padre el día que cumpla 18 años.
VII.
Anita
era una niña precoz, de carácter noble y entusiasta. Cuando cumplió cuatro años
preguntó por su padre. Amalia buscó descifrar la mejor respuesta a su niña y
ese tema nunca más fue motivo de curiosidad.
Ana era una chiquilla dedicada enteramente
al estudio, las letras y las artes eran su pasión; su talento innato la llevó a
relucir en todo. Desde la adolescencia se involucró apasionadamente en presidir
el Centro de estudiantes de su colegio. Su madre veía repetirse en ella las
mismas ilusiones e ideales que había empapado su vida juvenil, décadas atrás.
VIII.
Pasaron
los años y Amalia leía con frecuencia noticias sobre Alcides. Sus pretensiones
políticas iban acercándose a la cima. Por varios años fue Ministro de Educación.
Pensaba, qué era más desalmado, ¿privar a su hija de la posibilidad de conocer
a su padre, o él siendo un hombre con tanto poder y riqueza, no haberse
interesado nunca de ella?. Las respuestas que ella misma se daba las guardaba
dentro de sí y a veces no la dejaba ser feliz.
Cuando
Anita estaba cursando el último año de la secundaria, en las elecciones
nacionales ganó el candidato del Partido Oficialista. Amalia minimizó diciendo:
– “una flor más en el jardín del Sultán”. Le dolía inmensamente pero ya no era
tiempo de volver atrás; su orgullo no le permitía.
Ese mismo año, Ana, con una
delegación de compañeros de colegio fue a visitar el Palacio de Gobierno y
saludaron al Presidente de la República. Su madre guardó silencio y a su
regreso solo atinó a preguntarle:
– ¿Qué impresión te dio el Presidente?
– Cuando me tomó la mano sentí temblar mi cuerpo
y me saltaron unas lágrimas, sin saber por qué.
– Fue la emoción, le dijo su
madre.
En ese momento Amalia quería
gritar y liberarse de su secreto. La hería por dentro su dureza, porque era un
secreto sin sentido que solo le carcomía el alma. –Sabía que Anita era una
joven madura; podría comprender perfectamente el pasado de su madre, sin
juzgarla, pero ella no estaba dispuesta a romper su promesa–.
IX.
Una
tarde, Ana, muy feliz, notificó a su madre que la fecha de graduación en el
colegio seadelantará una semana. –Será justo
el día de su cumpleaños, por que el Señor Presidente vendrá como Padrino de
honor a petición del Delegado de Gobierno–. Amalia sorprendida buscó aclarar en
su mente cuál sería el mejor comportamiento que debía tener en tal acto.
Llegó
el día y el pequeño pueblo vistió sus mejores galas. Por primera vez un
presidente de la Republica llega a ese lugar para presidir un acto académico.
Anita
pasó a recibir su título de Bachiller acompañada de su madre. Cuando el
Presidente estrechó la mano de la joven, fijó la mirada en sus profundos ojos
verdes y en ese instante le invadió fuertes recuerdos de una joven asuncena, de su misma edad, con quien
él había trabajado horas y días en su época de juventud. Muy abstraído, pasó la
mano a la madre, y sin detener en ella la mirada, ésta le entregó un pequeño
sobre. Él simulando naturalidad y premura guardó en el bolsillo de su traje.
Al
concluir el acto, un helicóptero escoltado fuertemente lo lleva presuroso de regreso al Palacio de
Gobierno. Abrió el sobre y encontró un amarillento boleto del Hotel Park Plaza
Estrellas de Santiago de Chile y una fecha anotada: “10 de julio de 1973”. Sintió un fuerte dolor
en el pecho. Miró hacia abajo y vio un poblado con un centenar de luces que
apenas titilaban.
X.
En el restaurant “Los Laureles”,
casi a medianoche finalizaba un elegante cóctel de los flamantes graduados y
sus familias, Anita, radiante y bella, munida a la vez de una cándida dulzura, se
acercó a Amalia y le dijo:
– Madre, llegó la hora. No
regreso a casa sin desvelarme el secreto de nuestras vidas.
Se fundieron en un fuerte y
prolongado abrazo. Amalia solo deseaba el perdón de los cielos y la comprensión
de su hija. Se secó unas lágrimas, le dio un beso y le dijo al oído: